La visita de Donald Trump en China se llevó todos los flashes de los análisis internacionales esta semana. En el foco de discusión: el Estrecho de Ormuz, la situación de Taiwán y las disputas comerciales entre ambas potencias.
Por Lautaro Botallo
Entre el miércoles y el viernes de la pasada semana, una gran delegación estadounidense, repleta de funcionarios políticos y empresarios de gran rigor, realizaron una visita nada más y nada menos que a China, en medio de una escalada de tensiones tanto en ámbitos comerciales como políticos. Estos últimos, más que nada vinculados a la incitación al caos constante que caracteriza a Donald Trump y su última incursión en la guerra con Irán.
Justamente sobre estos dos ejes giraron las reuniones, cenas y largas charlas entre ambos equipos políticos y comerciales: los frágiles acuerdos en el mercado entre ambas potencias y los intereses políticos chinos y estadounidenses, que cada vez se ven más potenciales a chocar directamente. Trump, quien ya llegaba debilitado a la gira por el paupérrimo desempeño de los Estados Unidos en el conflicto con Irán y las disputas que esta cuestión generó al interior de su país, creía aún así que con su visita el alto mandatario chino cedería ante los intereses norteamericanos.
El primero y más caliente de los dos
temas fue el de Taiwán. Para China, el mar del este asiático y el estrecho que
separa al gigante continental de la isla es una línea roja que no puede
cruzarse. La reunificación con Taiwán —por las buenas o por las malas— es un
objetivo irrenunciable de Pekín y, en consecuencia, la injerencia extranjera en
esa cuestión, una afrenta directa a su soberanía. Xi Jinping fue claro en ese
sentido: cualquier paso en falso de Washington respecto a la isla podría llevar
a ambas potencias a un conflicto. Trump, por su parte, se limitó a declarar
públicamente que no había asumido ningún compromiso sobre el asunto.
El segundo eje fueron las disputas
comerciales, y aquí el contraste entre los modelos de ambas potencias quedó en
evidencia con sólo ver quiénes estaban sentados a la mesa. Trump llegó
acompañado de una delegación empresarial de 16 directores ejecutivos de las
grandes corporaciones estadounidenses: Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang de
Nvidia, Larry Fink de BlackRock, y representantes de Boeing, Goldman Sachs y
Citigroup, entre otros. El capital privado como punta de lanza de la
negociación. Del lado chino, en cambio, el interlocutor era el Estado y el
Partido Comunista (PCCh), que define qué se compra, qué se vende y a qué
precio. Dos modelos de potencia que no podrían ser más distintos, sentados
frente a frente a negociar su convivencia en el mismo mundo. Los resultados,
por el momento, fueron más grandilocuentes que concretos: Trump celebró haber
cerrado “acuerdos comerciales fantásticos” en agricultura, aviación e
inteligencia artificial, pero la parte china adoptó un tono más cauteloso y no
confirmó ninguno de los detalles.
Llama la atención, en ese marco, el
tono inusualmente diferente que adoptó Trump para con Xi Jinping a lo largo de
toda la visita. El mismo hombre que insulta compañeros de gobierno en redes
sociales, que trata a los líderes europeos con desprecio y que convirtió al
caos en método diplomático, se mostró contenido, elogioso, casi reverente
frente al líder chino. Lo llamó “gran líder” y “amigo”, caminó a su lado en
silencio por el Templo del Cielo ignorando las preguntas a los gritos de la
prensa, y brindó con una copa de champagne en la cena de Estado pese a no
consumir alcohol. Trump, experto en escenografía política, sabía perfectamente
el mensaje que estaba enviando: con China no se juega.
El momento más revelador de la
cumbre, sin embargo, no fue ninguna firma ni declaración conjunta. Fue la frase
con la que Xi Jinping abrió las conversaciones en el Gran Salón del Pueblo:
“¿Pueden China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides y establecer un
nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?”. La trampa de
Tucídides es un concepto del politólogo estadounidense Graham Allison, tomado
de los escritos del historiador griego sobre la Guerra del Peloponeso: cuando
una potencia emergente amenaza con desplazar a una dominante, la rivalidad
estratégica suele derivar en conflicto. Lo significativo es que Xi eligió esa
construcción teórica occidental para enmarcar la relación bilateral, pero
invirtiendo su sentido: no como un destino inevitable, sino como una trampa que
puede y debe evitarse. Ambos líderes lo saben. La cuestión es si esa conciencia
alcanza para evitar el choque.
Hay algo más profundo en esta visita
que merece ser señalado. En los últimos años, la doctrina de Washington había
abrazado la lógica de la competencia destructiva con China: aranceles,
restricciones tecnológicas, cercamiento militar en el Indo-Pacífico. Xi, en
cambio, propuso en Pekín asociación antes que confrontación, estabilidad
estratégica constructiva, un nuevo modelo de relaciones entre grandes
potencias. Lo notable es que Trump, al menos durante estos tres días, pareció
escucharlo. La delegación empresarial, el tono conciliador, la voluntad de buscar
acuerdos: todo sugiere que el mandatario estadounidense entiende que el caos
tiene límites cuando el interlocutor es China. La pregunta es si esa moderación
durará más allá del vuelo de regreso a Washington.