Mucho Messi, poco homenaje: la despedida del capitán argentino quedó envuelta en una puesta en escena que tuvo más gusto a trámite administrativo que a despedida histórica. Y si había alguien capaz de convertir un momento mundial en un acto de fin de curso, era el Chiqui Tapia.
Lionel Messi merecía una despedida a la altura de su historia. Después de 21 años con la camiseta de la Selección, siete Balones de Oro, un Mundial, dos Copas América y una colección de momentos que ya forman parte de la historia del fútbol, uno podía imaginar una ceremonia inolvidable.
Pero no.
La despedida tuvo ese particular aroma a “bueno, cumplamos y vamos viendo”. Una cosa medio improvisada, medio protocolar, con esa épica que aparecía por momentos y desaparecía inmediatamente después, como si alguien hubiera dejado la producción en manos del encargado de prender las luces del club.
Y ahí apareció Claudio “Chiqui” Tapia, especialista en transformar cualquier acontecimiento extraordinario en un evento con estética de acto de cooperadora escolar.
No era fácil. Había que despedir a Messi. Al Messi de los 21 años. Al capitán que levantó la Copa del Mundo. Al tipo que durante dos décadas hizo que millones de argentinos se sentaran frente a un televisor cada vez que aparecía la camiseta número 10.
La vara estaba alta.
Muy alta.
Y, sin embargo, la sensación fue que el homenaje quedó varios escalones por debajo del protagonista.
Porque Messi no necesitaba una despedida pomposa. Necesitaba algo emocionante. Algo pensado. Algo que transmitiera lo que significó su recorrido con la Selección. Un video que hiciera llorar hasta al utilero. Una puesta en escena capaz de resumir dos décadas. Una ceremonia que hiciera sentir que se estaba cerrando una de las etapas más extraordinarias de la historia del deporte argentino.
En cambio, por momentos parecía que estábamos esperando que alguien dijera:
“Bueno, muchachos, gracias por venir. Hay choripanes afuera.”
Lo curioso es que Tapia tiene una relación particular con los grandes acontecimientos. La Selección ganó todo lo que podía ganar y, sin embargo, cada vez que llega el momento de organizar algo solemne, aparece una producción que parece armada cinco minutos antes.
Es como si la AFA tuviera un equipo extraordinario para jugar finales y otro completamente distinto para organizar cumpleaños.
Y Messi, mientras tanto, quedó atrapado en el medio.
El hombre que durante años cargó con la responsabilidad de representar al fútbol argentino merecía que, al menos por una noche, el fútbol argentino estuviera a la altura de él.
No hacía falta una ceremonia de Hollywood. Pero tampoco una despedida con sensación de “che, ¿ya terminó?”. Messi se va de la Selección como una leyenda. La despedida, en cambio, quedó con gusto a oportunidad perdida.
Porque hay momentos que no se repiten. Y despedir a Messi era uno de ellos.
El mejor jugador de la historia merecía una despedida histórica. Le dieron una despedida organizada por el Chiqui Tapia. Y ahí estuvo, quizás, el problema.
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